ABUELOS

Bello otoño plateado por los lánguidos destellos del claro sol viajero desterrado del verano; río que ha ido ascendiendo hacia su mar en lo alto de un monte helado llegando convertido en riachuelo.

Cualquier abuelo es el canto que la vida hace en su seno de un tiempo que estando muerto aún respira por sus labios, y en su corazón latiendo aún sobrevive al ocaso; son esos libros abiertos en los que escribió el pasado con el pulso de consenso de su genuino trazo; traen mucho más que los ecos de ese tiempo sin espacio, un pasado que vivieron como piedras en sus lagos, como aves en sus vientos.

Son viajeros en el tiempo que al viajar se hacen sabios, el más sublime regalo que el tiempo les da a sus nietos; son los familiares lazos que unen con el Universo, dándole calor de patio al inmenso firmamento; el joven marca en el suelo sus pisadas con más garbo del que emana de su cuerpo, pues transmite su esqueleto todo el peso y el legado de más de un antepasado presente en sus pensamientos; para el lento crecimiento de la infancia de un muchacho, son como el firme terreno que aumenta el peso del árbol en un mundo en movimiento.

Ningún hombre burla el garbo de los rigores del tiempo, han sido muchos inviernos sobre sus cabellos blancos, han sido varios anhelos despeñados de sus manos en el último momento, ha habido muchos chubascos sobre el arrugado aspecto de su rostro con horario, grandes esfuerzos y cambios apoyados en sus huesos, y su corazón ya viejo, el mismo que en el pasado fue consumado maestro en latir por todos lados, da sus últimos disparos con palmadas de su afecto; sus movimientos pausados son herederos de un vuelo que muchas veces antaño tuvo en contra un fuerte viento; el tiempo esculpe su efecto en los muros del anciano usando los elementos, y las gentes a su paso se van convirtiendo en templos de sentimientos humanos.

Los abuelos son conciertos en los que su propio canto ha compuesto muchos versos, porque suyos son los brazos que han dado como un trofeo el mundo a sus herederos; no hacen falta los halagos llevando tal cargamento como humano monumento en sus huesos encorvados.

Cuando en sus brazos el arco el tiempo tensa los dedos sobrevolando el espacio sus flechas de gran arquero hasta nubes de aguacero y los años van calando, los abuelos son el lecho yermo de antiguos chubascos; con el cuerpo prisionero tras las rejas de los años, con el vigor mutilado por los trozos del espejo de su juventud que lejos se partió en muchos pedazos, aún siguen sus sentimientos dando juveniles saltos tras los arcos de su pecho, un acogedor palacio para sus viejos desvelos.

Cuando se muere un abuelo la vida prorrumpe en llanto, ese llanto lastimero que se vierte muy amargo por un viejo compañero, y nadie ocupa su espacio, nadie puede con su cuerpo encajar en el retrato de ese gran vacío hueco, como un terminante halago, como homenaje postrero que la vida por consenso hace a ese ser legendario.

Cuando fallece un abuelo y marcha el último rayo de su atardecer sereno, se ve como nunca humano; los abuelos paso a paso vuelven al hogar primero, son los familiares lazos que abrazan al Universo, y al morir quedan sus cabos lastimosamente sueltos; cuando se muere un abuelo una flor cae en el campo sin alterar el silencio, y a la vez de un fogonazo nace otra estrella en el cielo.

Por la ventana mirando hacia un rincón entreabierto del mundo desparramado, el niño sin más deseos mira con su abuelo al lado desde un desván olvidado con los ojos bien atentos, el mismo color en ambos, los mismos vivos destellos del paisaje soleado en sus retinas de fuego, dulcemente compartiendo la simplicidad de un rato sin ambición ni ajetreo, un rincón en el espacio donde escuchan el silencio de minutos dando pasos, pues en la calma son dueños de la percepción al raso de sí mismos en el tiempo.