MONTAÑERO

Siente el montañero miedo
en medio de la ventisca,
lee su espalda encogida
la ley del despeñadero,
piensa ajenas tentativas
que fueron último intento,
oye gritos de fatiga
implorándole el regreso,
quizás un presentimiento
aconsejando evasivas,
siente la muerte al acecho
espiándole en su mira,
y encomendado a su empeño
continúa su trayecto
sufriendo con maestría;
va avanzando el montañero
entre el sanguinario clima,
subiendo su agotamiento
por un desnivel tan fiero
que las piernas no caminan
y el cuerpo va paralelo
a la vertiente que pisa,
anhelando como premio
a su brutal sufrimiento
equivalente alegría.

Montañero, no hay secretos
cuando tienes una cita
con tus encumbrados sueños,
que dormitan en la cima
entre el letargo del hielo,
aguardando tu subida
para al fin en tus adentros
desperezarse a la vida;
esos montes gigantescos
miden con inmensas cifras
tu emotiva valentía
cuando inicias el ascenso,
no ocultando a tu osadía
que uno solo de sus besos
o el alud de una caricia
pueden congelar tus huesos
o despeñar tu caída;
por las noches prisionero
entre tu impaciencia viva,
percibes el gran misterio
del monte en el campamento,
pues cada cumbre es distinta.

Tú eres la ruta, alpinista,
hundido en el universo,
luchando con tu energía
contra el viento entre su imperio,
contra la atmósfera fría,
en tal entorno de excesos
que parece la guarida
real de los elementos,
el lugar del mundo entero
donde más se necesita
la luz del sol como amiga
y el calor de pasajero,
donde la Tierra se estira
y está más cerca del cielo,
donde más se implora al tiempo
una breve mejoría,
los hombres son compañeros
y el paisaje compañía,
donde en medio del silencio
más se oye la propia vida
palpitando bajo el pecho,
y donde el cielo es el guía
que va mostrando en su seno
la meta que se acaricia,
el lugar del mundo entero
donde el hombre es más pequeño
y es mayor su valentía.

Das relieve a los cimientos
en los que el cielo se afirma
sobre el abrupto terreno,
que esculpe tu rebeldía
con los pasos de su esfuerzo
en la vertiente temida
donde el hombre es forastero,
y en la que lo más moderno
sigue siendo todavía
esa sangre que palpita
dentro de ti, montañero,
renovada cada día
conservando sus anhelos.

Como la luz sobre el hielo
vas subiendo con tu vida
para sentir su conquista
en la cumbre unos momentos,
en esa cima perdida
donde el paisaje es eterno
como si la historia misma
lo juzgase ya perfecto,
manteniéndose la vista
de los últimos milenios;
cuando coronas la cima
y se abrazan tus jadeos
compartiendo la exclusiva
que suele tener el viento,
tu mirada emprende el vuelo
descubriendo maravillas
que hacen de ti su centro,
donde ya no llega el eco
porque el mundo se termina,
logrando sentirte el dueño
de esas bellezas reunidas
bajo tu extenuado cuerpo
y tu emotiva sonrisa,
sabiendo que eres el techo
de la tierra en perspectiva,
ya sin nada por encima
hasta el infinito enigma
que se extiende hasta tan lejos
donde las estrellas brillan.

Que la suerte sea el guía
que dirija tu descenso,
llegando tu gallardía
a la vejez de paseo,
y en tu mente ya curtida
esos formidables retos
sean una gran familia
convertidos en recuerdos.