CENIZAS DE OTOÑO

La parca cruel segó sus venas.
No tiene París la freagancia de Cortázar
O el sabor de Víctor Hugo.
Se tiñeron de luto sus bulevares.
Los gorriones gorjean canciones inaudibles.
La paz voló por los aires.

Las victimas perecioron como perros sarnosos.
Trece de noviembre de 2.015, terror absoluto.
La barbarie asaltó el corazon de Europa.
El Islam y Alá no son culpables;
el fanatismo religioso sí.

Sólo le pido a Dios concordia, sensatez, perdón.
Por un armisticio entre civilizaciones,
La demencia solo siembra odio.
R.I.P. París.

 

 

MONTAÑERO

Siente el montañero miedo
en medio de la ventisca,
lee su espalda encogida
la ley del despeñadero,
piensa ajenas tentativas
que fueron último intento,
oye gritos de fatiga
implorándole el regreso,
quizás un presentimiento
aconsejando evasivas,
siente la muerte al acecho
espiándole en su mira,
y encomendado a su empeño
continúa su trayecto
sufriendo con maestría;
va avanzando el montañero
entre el sanguinario clima,
subiendo su agotamiento
por un desnivel tan fiero
que las piernas no caminan
y el cuerpo va paralelo
a la vertiente que pisa,
anhelando como premio
a su brutal sufrimiento
equivalente alegría.

ABUELOS

Bello otoño plateado por los lánguidos destellos del claro sol viajero desterrado del verano; río que ha ido ascendiendo hacia su mar en lo alto de un monte helado llegando convertido en riachuelo.

Cualquier abuelo es el canto que la vida hace en su seno de un tiempo que estando muerto aún respira por sus labios, y en su corazón latiendo aún sobrevive al ocaso; son esos libros abiertos en los que escribió el pasado con el pulso de consenso de su genuino trazo; traen mucho más que los ecos de ese tiempo sin espacio, un pasado que vivieron como piedras en sus lagos, como aves en sus vientos.